El pulso ardiente de la Generación Z que se ahogó en humo y rabia frente al Palacio Nacional.

(RRC) Ciudad de México, 15 de noviembre de 2025.

El sol del mediodía se filtraba a través de nubes grises como humo de cigarro viejo, tiñendo el asfalto de Reforma con un calor pegajoso que se adhería a la piel como miel derretida. Eran las 3:16 de la tarde cuando el primer rugido colectivo brotó desde la Columna del Ángel de la Independencia: un mar de unos 17.000 cuerpos jóvenes, sudorosos y electrizados, que se mecía como olas en tormenta. El aire olía a asfalto caliente mezclado con el dulzor ácido de jugos de naranja vendidos en carritos chirriantes, y el zumbido de celulares en alto capturaba cada latido —selfies borrosos, lives temblorosos que transmitían el pulso febril de la Generación Z.

«¡Viva Carlos Manzo!», tronaba una voz ronca desde un megáfono improvisado, evocando al alcalde de Uruapan, cuya sangre aún fresca en el pavimento michoacano —derramada el 1 de noviembre en un balazo que retumbó como trueno en la nación— avivaba el fuego en los pechos. Otros gritos se entretejían como hilos de un tapiz furioso: «¡Fuera Claudia! ¡Fuera Morena!», escupidos con saliva y bilis contra la inseguridad que devora barrios enteros, el hedor metálico del narcotráfico que se cuela por las alcantarillas y las promesas de la presidenta Sheinbaum, cuyo mandato apenas respira, ya contaminado por el polvo de la impunidad. Las pancartas crujían en manos húmedas —cartón empapado que se deshacía como promesas rotas—, garabateadas con marcadores que dejaban manchas negras en dedos ansiosos. Sudaderas negras se pegaban a espaldas arqueadas, gorras de béisbol chorreaban gotas saladas por frentes arrugadas por el sol implacable, y máscaras quirúrgicas, reliquias de una pandemia que aún deja ecos en los pulmones, filtraban un aire espeso de escape vehicular y expectoraciones de rabia.

La marcha avanzaba como un río de carne y concreto por el Paseo de la Reforma, un serpenteo de banderas mexicanas que ondeaban con chasquidos secos, teñidas de verde, blanco y rojo como venas hinchadas de una patria herida. El tráfico, un caos de cláxones estridentes y motores rugientes, se congelaba en un silencio forzado; el Metro, con sus entrañas metálicas, escupía anuncios de estaciones cerradas —Insurgentes, Hidalgo— mientras el suelo vibraba bajo botas desgastadas y tenis raídos. Un cerco de granaderos, con sus escudos plásticos relucientes como caparazones de escarabajos, flanqueaba los costados: el tintineo de esposas en cinturones, el crujido de botas contra el pavimento agrietado, un recordatorio táctil de que la libertad huele a goma quemada y amenaza con el peso de un porrazo inminente.

En la primera hora, el desfile era un bálsamo efímero de euforia sensorial. El paso firme resonaba como un tambor tribal sobre el asfalto que quemaba las plantas de los pies a través de suelas delgadas; detenciones en semáforos para entonar himnos improvisados llenaban el aire con vibraciones guturales: «¡Somos la Gen Z, no nos callan con mentiras!», rapeaba un chavo de unos 20 años, su voz amplificada por un altavoz que distorsionaba las sílabas en ecos roncos, mientras su crew —compañeros de la UNAM, con mochilas que olían a libros mohosos y tacos de la calle— pasaba botellas de agua tibia, compartía memes en pantallas agrietadas que parpadeaban como ojos febriles. Madres cargaban niños en hombros, sus cabecitas calientes rozando mejillas saladas por lágrimas prematuras; estudiantes arrastraban mochilas llenas de volantes que se arrugaban al tacto, impregnados del aroma químico de tinta fresca. Incluso abuelos se unían, sus bastones golpeando el suelo con un clac-clac rítmico, evocando marchas ancestrales contra el PRI o el PAN, donde el aire sabía a café amargo y a historia no digerida. Lejos, en Guadalajara, un eco paralelo irrumpía: el estruendo de objetos chocando contra el Palacio estatal, el picor de gases que nublaba ojos ajenos, pero en la capital, el Zócalo acechaba como un imán de concreto y sombras.

Pasadas las 5 de la tarde, al irrumpir en la plancha del Zócalo —ese vasto rectángulo de empedrado irregular que se clava en las suelas como dientes de piedra—, el pulso se volvió taquicárdico, un latido que aceleraba el corazón colectivo. Frente al Palacio Nacional, un muro de vallas metálicas oxidadas se erguía como una barricada helada, su tacto áspero y punzante bajo dedos que lo tanteaban con desafío. Ahí, la marcha se transmutó en un torbellino visceral: un grupo de encapuchados —sombras infiltradas, según los susurros ahogados en el gentío— descargaba furia contenida contra las barreras. Patadas que retumbaban como golpes de martillo en yunque, empujones que transmitían el calor de cuerpos colisionando, y pronto, el gemido agudo del metal retorciéndose bajo la presión, un chirrido que erizaba la piel. Petardos estallaban en truenos secos y efímeros, liberando un humo acre que picaba en las narices como pimienta molida, mientras botellas y piedras surcaban el aire con silbidos mortales, aterrizando con crujidos sordos contra escudos plásticos.

La réplica fue un azote sensorial: granaderos avanzando como una ola de acero, sus escudos chocando con un estruendo hueco que reverberaba en los huesos; gases lacrimógenos brotando en nubes blancas y espesas, un velo tóxico que olía a cloro rancio y quemaba los ojos como ácido, obligando a toses guturales que rasgaban gargantas secas. Extintores rugían descargando espuma fría y pegajosa que se adhería a la ropa como baba de babosa, dispersando el caos en una niebla que nublaba la visión, dejando solo siluetas borrosas tambaleándose en la plancha empedrada, resbaladiza ahora por el sudor colectivo y el rocío químico. Videos capturados en el fragor —celulares temblorosos que captaban flashes de horror crudo— muestran el derribo de una valla final con un clangor metálico que vibra en el pecho, policías replegándose con porras que silban en el aire, y un mar de banderas mexicanas agitándose como velas en vendaval, su tela rasgando el viento con chasquidos desesperados. Enfrentamientos cuerpo a cuerpo: piel contra piel, el impacto sordo de puños en costillas, el hedor metálico de sangre fresca mezclándose con el amargor del gas. El saldo, un regusto amargo en la boca: 20 detenciones —manos esposadas que raspaban contra metal frío—, 120 heridos —20 civiles con ojos hinchados y rojos como tomates maduros, 100 policías con moretones que palpitaban bajo uniformes empapados, la mayoría vendados in situ con gasas que olían a antiséptico, aunque 40 fueron arrastrados a hospitales donde el aire estéril no borraba el eco del dolor.

Al caer la noche, pasadas las 8, el Zócalo yacía como un cadáver exhausto: semivacío, con vallas torcidas que gemían al viento como huesos rotos, confeti de petardos esparcido como cenizas de un fuego apagado, y un silencio roto solo por sirenas lejanas que aullaban como lobos heridos. Diputados del PRI, desde sus burbujas climatizadas, lo tildaban de «deslucido» y «fracaso rotundo», sus voces planas como papel mojado en los noticieros. Desde Tabasco, donde el aire olía a selva húmeda y promesas electorales, Sheinbaum irrumpió en vivo: «Esta marcha fue promovida por grupos de la derecha, no por la Gen Z. Algunos promotores podrían venir de fuera. Protesten en paz, la violencia no es el camino», sus palabras cayendo como aceite hirviendo en la herida abierta, avivando debates en redes donde los memes estallaban como petardos digitales, acusaciones flotando como humo persistente.

La Marcha Z, nacida en el ciberespacio como un llamado digital de zoomers que crecieron entre tiroteos en noticieros y filtros de Instagram, se disolvió en un tapiz de sirenas estridentes y lágrimas saladas por gas. Quedó grabada en la piel: el ardor en los ojos, el sabor metálico en la lengua, el temblor en las manos que aún sienten el pulso de la multitud. Mañana, el Zócalo despertará a su rutina de palomas picoteando migajas y vendedores gritando el precio de elotes chamuscados, pero estos jóvenes —forjados en el fuego de balas y algoritmos— llevarán la cicatriz en el alma. La Gen Z no se doblega; lame sus heridas, afila sus sentidos y espera, con el corazón latiendo como un tambor de guerra, la próxima embestida.

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